El castigo en los niños

La psicóloga Rosa Mª Jové, autora de muchos libros sobre educación infantil, trata el tema del castigo en los niños desde un prisma diferente y muy interesante. Este pensamiento, distante de los métodos tradicionales, nos ayuda a todos, a padres y a educadores y nos hace plantearnos si verdaderamente el castigo sirve para algo y sobre todo cuando se aplica de manera frecuente. En la mayoría de las situaciones donde interviene el castigo es para que nuestros hijos hagan lo que nosotros queremos que hagan, a veces, sin tener en cuenta el criterio o necesidades del pequeño en determinados casos.

Según Rosa, el castigo es un fracaso del educador: si el educador, mediante explicaciones, razonamientos, etc, consigue educar o cambiar una conducta, es que tiene éxito. Cuando no lo consigue es cuando debe recurrir al castigo.

En un trabajo realizado en el año 2009, concluían que el 85 por ciento de las parejas españolas estaba de acuedo en que, si explicaban las cosas, cualquier niño entendía las razones de su padre o de su madre. Y es justamente por eso, porque el castigo es un fracaso de la educación, con el que, además,  mucha gente se siente mal cuando lo aplica, porque incoscientemente (o conscientemente) se da cuenta de su incapacidad para gestionar la situación.

De padres felices, hijos menos castigados. Rosa Mª hace referencia a Alexander Sutherland Neill, educador progresista escoces y defensor de la educación en libertad, para explicarnos lo que él y otros autores, dicen: la ausencia de castigos influye en nuestra felicidad, estado de ánimo y humor.

Y relaciona el castigo con la felicidad o la no felicidad de los padres y educadores. A padres más felices, niños menos castigados. Por ello se relacionan los hogares con más tensión con una mayor frecuencia de castigos.

Llegados a este análisis tan interesante de la autora debemos plantearnos que la educación de nuestros hijos es lo más importante y que las exigencias personales como la casa, el orden o la estética, deben estar en un plano secundario para evitar las situaciones de estrés, la sobrecarga de trabajo y la falta de tiempo en el día a día. Los padres no somos perfectos y nos equivocamos pero donde más huella pueden dejar nuestros errores es en los pequeños.

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El búho del bosque

Había una vez un pequeño búho que vivía dentro de un árbol precioso. Entraba por un agujerito que utilizaba como puerta y en él  se había hecho una linda casita. El buhíto salía todas las tardes a cazar pequeños insectos y se pasaba casi toda la noche en el bosque con sus amigos los búhos, las lechuzas y el resto de animalitos nocturnos. Cuando comenzaba a amanecer todos los animalitos de la noche, se iban a sus casas a dormir. El pequeño búho era muy feliz porque el bosque donde vivía era muy rico en alimentos y además tenía grandes amigos.

Una madrugada cuando volvía a casa después de cazar, se encontró con una linda paloma mensajera que se había perdido. El búho le ofreció cobijo y comida en su casita del árbol y la paloma pasó allí el resto de la noche y parte de la mañana, descansando y reponiéndose del largo viaje. El búho le preguntó a la paloma si llevaba algún mensaje importante y la paloma mensajera le dijo: “Sí, es un mensaje para el rey, por eso tengo que llegar a palacio lo antes posible”.  El búho le preguntó si conocía el contenido del mensaje pero la paloma le respondió: “No, sólo conozco a la hermosa niña que me lo ha entregado y me ha pedido que se lo lleve al rey”. “Es una niña que vive en el bosque, buena y hermosa y que cuida de todos nosotros cuando nos sentimos mal”.  Finalmente la paloma se despidió del búho agradeciéndole su gentileza por haberla ayudado y se marchó.

Al cabo del tiempo el búho salió como todas las noches a por comida y a dar un paseo por el bosque cuando de repente le sorprendió una gran tormenta. La lluvia le hizo perder la orientación y el fuerte viento lo empujó contra una gran rama. El golpe fue tan fuerte que su ala se rompió y cayó precipitadamente contra el suelo. Allí se quedó tendido y quieto. Le dolía mucho el ala y así permaneció toda la noche muerto de frío. Cuando por fin se hizo de día, el sol empezó a calentar su cuerpo y eso le hizo sentirse un poco mejor. Pero aun así no podía moverse. Cuando ya pensaba que se iba a morir comido por un zorro o un lobo, pasó por allí una hermosa niña y al verlo lo recogió y se lo llevó a su casa. Cuando llegó a la casa de la niña, se encontró a la paloma mensajera que le dijo: “¡Cuánto me alegro de saber de ti querido búho!, mi amiga la niña te cuidará y te dará todo lo que necesitas hasta que te pongas bueno. Has tenido mucha suerte. Además el rey le ha concedido un gran trozo de bosque libre de cazadores para que los animales estemos protegidos”.

Y así fue como el buhito se curó y se ganó dos nuevas y maravillosas amigas para siempre.

Dani Baeza de Rojas

Pesadillas infantiles

Se trata de uno de los trastornos más frecuentes en la infancia. Podemos definirlo como un sueño largo muy elaborado, con riqueza de detalles y que provoca en el niño una fuerte sensación de ansiedad, miedo o terror. El contenido de los mismos es muy variado pero siempre existe un componente de peligro para la integridad física del niño. Por lo general no hacen referencia a situaciones reales (salvo en aquellos niños que han sufrido situaciones traumáticas). El episodio suele terminar con el despertar del niño, volviendo éste a un estado de plena alerta y con la sensación de miedo o ansiedad todavía presente. A diferencia de lo que ocurre con los terrores nocturnos, el niño, normalmente, es capaz de relatar con todo detalle el sueño, sus personajes, circunstancias y hechos que se han ido sucediendo. Aunque las pesadillas no suelen suponer un riesgo, por sí mismas, para la salud del niño, sí que pueden producir un cierto temor a dormir, en especial, si éstas son frecuentes. Es en estos casos cuando se puede alterar el patrón de sueño y aparecer secundariamente la somnolencia excesiva, irritabilidad, ansiedad, etc. Las pesadillas suelen aparecer en la fase REM y con mayor frecuencia en la segunda mitad de la noche. Respecto a sus orígenes se han asociado con agentes externos que han provocado inquietud en el niño. A medida que disminuyen las causas que lo han producido irán desapareciendo. No suelen existir trastornos psicológicos asociados a las pesadillas sino que normalmente tienen relación con fases específicas del desarrollo emocional. Para algunos autores las pesadillas constituyen una expresión del proceso evolutivo de maduración del sistema psíquico y la puesta en marcha de mecanismos defensivos. Cuando son muy frecuentes, sí que se ha asociado a niños con un perfil de inseguridad por algún motivo familiar, escolar u otro. Son también habituales en niños que han estado separados de sus madres durante un largo periodo de tiempo o si son hospitalizados. Según el DSM-IV, la prevalencia oscila entre un 10-50% en niños de 3 a 5 años. El primer episodio suele aparecer por primera vez entre los 3 y 6 años. Normalmente estos episodios se superan con la edad y no necesitan ningún tipo de intervención psicológica.

Orientaciones para superar pesadillas

Ya hemos comentado que la pesadilla suele acabar con el niño despierto y con una gran ansiedad o miedo. -Los padres deben saber tranquilizar a los niños tras el episodio. -Es importante que acudan al dormitorio del hijo, lo escuchen pero sin entrar en demasiado detalles acerca del contenido del sueño. -No abrumarlo con demasiadas explicaciones de entrada (por ejemplo intentar demostrarle que los monstruos sólo existen en su imaginación). -Utilice una voz suave y trate de no mostrarse excesivamente preocupado o ansioso por lo que ha sucedido. -Déle instrucciones en el sentido de que ha tenido una pesadilla mientras dormía y que ya ha pasado todo. -Si el niño es pequeño o está muy asustado puede valorarse, tras el episodio concreto y su magnitud, la idoneidad de dejarle dormir en el dormitorio de los padres, o que alguno de ellos lo acompañe durante algún tiempo mientras trate de conciliar el sueño. También puede dejarse conectado algún pequeño piloto de luz. De todas formas, estos aspectos deben valorarse en cada caso para no crear hábitos inadecuados. -Para los niños más mayores (a partir 7 u 8 años) puede funcionar bien que los padres hablen por la mañana acerca de la pesadilla. Hay que averiguar si hay algo que le preocupa en especial (en el cole, en casa…). -Es importante saber escuchar y/o interpretar las claves de su comportamiento (si han habido cambios en su conducta habitual contingentemente a la aparición de las pesadillas, etc.) -Explicarle que estos episodios, aunque muy molestos, obedecen a unos procesos normales que se dan durante el crecimiento y tienen carácter transitorio. Con ello podremos contribuir a rebajar el nivel de ansiedad asociada al episodio y el temor a que se vuelva a producir. -El hablar sobre lo sucedido en un ambiente calmado y lúdico siempre resulta una gran herramienta terapéutica. Puede también, según la edad del niño, utilizarse el dibujo como medio para sacar fuera el miedo y plasmarlo en un papel donde podrá manipular la historia. Cada niño es diferente y así sucede con la vivencia de la pesadilla, por tanto, deberemos ajustarnos a las peculiaridades de cada caso.

Sergi Banús Ll. (Psicólogo Clínico Infantil)

http://www.psicodiagnosis.es/areaclinica/otrostrastornosclinicos/trastornosdelsueoinfantil/index.php